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miércoles, 22 de abril de 2009

 

Escribe: Gabriel Oliverio
Presidente de Mirador Nacional

Como se puede apreciar a 200 años todo vuelve a empezar. Este no pretende ser más que un compendio de necesidades básicas para la Nueva Política.
Argentina busca patriotas y gestos de patriotismo para cambiarlos por déspotas y su consecuente despotismo. De cara al bicentenario en 2010 nuestra sociedad requiere nuevos y modernos discursos y compromisos políticos. Lejos de lo que fue la campaña independentista de la colonia hoy una auténtica revolución moral y política es necesaria para replantear el rol que nuestro país emprende dentro de los conciertos regional y mundial. Definir que tipo de liderazgo queremos.

Educar, pensar, curar las heridas de la manipulación, renovar el compromiso de participación en una política activa y volver a ser creíbles está entre las prioridades de la nueva etapa.
Es parte de una emergente revolución que deberán encarar quienes realmente deseen un tiempo de prosperidad institucional y económica.

Hemos vivido momentos degradantes.

Estamos a dos siglos del primer paso hacia la Nación Argentina y nos hallamos de cara a la necesidad de renovar el compromiso con los derechos y deberes de nuestra sociedad.

El momento requiere que los miembros de esta generación aspirante estén impregnados de principios y que su conducta sea capaz de formar nuevos ejemplos a partir de ideas y consensos que partan de actitudes y discursos moderados.

Deben quienes hagan política volver servir a su majestad “El Pueblo”.

Para que sea este quien con el derecho del sufragio otorgue herramientas y poder para encarar esta nueva etapa: alcanzar la independencia intelectual y los niveles de desarrollo necesarios bajo el sagrado pretexto de servir y no ser servido.

El corazón de nuestra gente se ha decepcionado al escuchar grandes titulares y preceptos que nunca pasan de teorías y que no poseen contrapartida en la conducta misma de los funcionarios públicos.

Hay que vigorizar la política y legitimarla para devolverle esplendor y principios.

¿No es acaso este el modo de cumplir con los deberes que la circunstancia impone?

¿No es acaso la forma de abrigar proyectos que cumplan con lo que el hombre y su circunstancia requieren?

Bernardo Monteagudo escribió: “Todos aman su patria y muy pocos tienen patriotismo”.

Además agregó que “el amor a la patria es un sentimiento natural, el patriotismo es una virtud”.

Una vez José Hernández escribió en uno de sus discursos políticos:

¿Tendría el Congreso, en estos momentos, la serenidad, la calma y la reflexión, que son necesarios para resolver problemas políticos que no pueden ni deben ser motivados por intereses o conveniencias transitorias, sino que deben consultarse los intereses generales y permanentes de la República, con la vista fija en su porvenir?

 
La responsabilidad es de todos dirigentes y ciudadanos para que tampoco recaiga en acusaciones ni pasiones momentáneas. Lo trascendente del desafío será que los hombres y mujeres que encaren este nuevo patriotismo estén a la altura de las circunstancias. Esto implica asumir con honor las derrotas porque las batallas ahora serán de gestión y participación. Las victorias vivirlas con humildad consolidando la unión de nuestro pueblo más allá de gobiernos o políticas momentáneas.

Habrá que renovar el respeto por la constitución nacional, representar y gobernar para la gente asegurando que el proceso sea directo e inmediato. No obstante las traiciones, que son moneda corriente, pueden ser sancionadas con enérgicos y decididos compromisos promoviendo la confianza y el pensamiento plural.

Tendrán los dirigentes el desafío de ser sinceros con la comunidad y con su propia conciencia para otorgar garantías a este proceso.

De cara al bicentenario Argentina requiere una nueva sociedad patriótica penetrada por la influencia popular y sin egoísmos. Solamente así el servidor público volverá a ser respetado por la ley de la naturaleza humana que hace luchar incesantemente al individuo para vencer obstáculos con optimismo y alegría.

Por años hemos buscado la causa de este mal, de la enfermedad de poder que ha degradado la actividad política. Hoy ya no es un enigma. La cura de la libertad es más libertad y de la democracia es más democracia. El porvenir se vislumbra en la propia regeneración del tejido social y en la modernización del discurso político.

 

 


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